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El encuentro

1

La hora de la verdad

EL MUERTO APARECIÓ el viernes como a las cuatro de la tarde. No hacía mucho habíamos llegado a La Casa Grande, la casa del abuelo, y estábamos todos sentados debajo del almendro cuando unos pasos apresurados nos llamaron la atención. Era Julián, el hijo del mayordomo.

―Patrón, dice mi papá que venga urgente. Hay un señor tirado detrás de los establos.

Todos se levantaron, menos yo.

―Debe ser alguno de los trabajadores que se emborrachó ―aseguró mi tía.

―Puede ser Simón; el otro día se quedó dormido por ahí cerca porque le dio por tomar con unos idiotas del pueblo ―agregué yo como para tranquilizarme―. No me gustaría para nada que fuera un muerto.

―<<A mí siií>>―gritaron al tiempo las mellizas y salieron corriendo hacia los establos, sin que las pudieran detener.

Después de unos minutos, el abuelo apareció con ellas de la mano. Mi tía llorosa lo seguía de cerca.

El tal señor dormido resultó estar muerto y lo peor, resultó ser Simón.

El abuelo estaba muy triste.

―¿Qué le pasó, abuelo?, ¿saben por qué está muerto?

―Tiene un tiro en la frente. —Me angustié. Yo no trataba muy bien a Simón; para mí era un bobo.

Realmente Simón no era un bobo cualquiera. Hacía unos 3 años le había caído un rayo mientras tomaba fotos de una inundación y desde ahí quedó mal de la cabeza. Mentalmente era un niño entre los ocho y los diez años, pero me molestaba su obsesión conmigo; sobre todo porque era un hombre de treinta años. Había sido periodista, conocido y respetado, e incluso había ganado premios por sus polémicos artículos sobre política y otros temas de interés social. Después del accidente, con lo poco que le quedó de adulto, decidió mudarse a San Juan y vivir solo en una casa ubicada a una cuadra de La Casa Grande. La mamá y la hermana lo visitaban con frecuencia.

Me armé de valor y me acerqué al lugar. Me quedé paralizada durante unos segundos. Ningún pensamiento me cruzó por la cabeza y ninguna emoción me embargó; pero pasados unos segundos, el muerto se levantó. El hueco en la frente se le veía oscuro, entre morado y negro, no rojo como la sangre, y los ojos se le veían raros, hundidos en la cara.

Mi abuelo regresó, todos seguían haciendo especulaciones, yo en cambio tenía la boca abierta sin saber qué hacer o que decir. Todos miraban el cadáver en el suelo, pero para mí el muerto se había levantado y me miraba fijamente como culpándome de su estado actual, de su hueco en la frente y quien sabe de qué más.

―¿Qué le pasó?, ¿Quién le hizo ese hueco? —dije sin pensar.

Me miraron como si estuviera loca.

―Mija, ¿qué le pasa?―me preguntó el abuelo, mirándome con preocupación. Todos me clavaron los ojos esperando la respuesta.

―Perdón, abuelo, no sé qué me pasa. Yo veo aquí a Simón muerto, pero le juro que lo vi levantarse y mirarme de frente como haciéndome un reclamo o tratando de decirme quien lo mató.

―Puede ser el espíritu ―dijo tranquilamente la mamá de Julián, que también se había acercado al lugar―.Quizá quiere comunicarle algo. Tiene que hablarle y decirle que camine hacia la luz, porque si no lo hace se puede quedar por aquí vagando sin rumbo.

―Ay, Martica, por favor no diga esas cosas, yo soy pésima para esos asuntos espirituales, deben ser mis nervios.

Las mellizas aparecieron corriendo seguidas de mi tía, quien las llamaba a gritos. Corrí hacia ellas y me agaché para abrazarlas.

―Vamos a la casa, no podemos estar aquí.

―Nosotras queremos ver a Simón —dijo Andrea.

—Él es nuestro amigo―agregó Anie.

―<<Simón, Simón>>―gritaron en coro.

Las mellizas tienen siete años, prácticamente la misma edad mental de Simón. Son rubias, altas para su edad y muy delgadas. No comen mucho, todo lo huelen y prueban pero el plato siempre queda a la mitad. Una es zurda y la otra derecha, cuando dibujan cada una hace la mitad; al unirlos se completa el dibujo. Esto les ocasiona problemas en el colegio, pero hasta ahora ningún sicólogo ha podido ayudar. Cuando hablan se completan las frases y muchas cosas las dicen en coro. Son inteligentes; claro que a mí me parecen un fenómeno.

Son hijas de mi prima Carolina, mi tía María Inés es la abuela y ese fin de semana habíamos venido todas de paseo porque el lunes es festivo y los padres estaban en la boda de unos amigos, en una isla no sé dónde.

Por fin regresamos con ellas a la casa.

En un arranque de arrepentimiento por lo antipática que era con Simón, me dio por practicar mis dotes de detective.

―Voy a ir a la casa de Simón a ver si todo está en orden.

―No creo que sea buena idea, mijita, eso hay que dejárselo a Martínez, ya lo llamé―explicó el abuelo.

―Buena idea, abuelo. Pero yo voy hasta la casita, quizá lo han robado. Al menos puedo cuidar que nadie entre, acuérdese que estoy estudiando criminología. Sé cómo comportarme en estos casos ―lo dije y me sentí mal.

Mi tía me miraba con reproche, ella más de una vez me había dicho que dejara de ser repelente con el pobre muchacho, que entendiera que era un niño. En fin, siempre lo defendía y lo dejaba jugar con las mellizas. Montaban a caballo los tres, él las empujaba en el columpio y las acompañaba a recoger frutas. Era como cualquier otro amigo de su edad pero para mí, era difícil verlo así.

Simón era alto, buen mozo, cejas gruesas, ojos cafés muy grandes y nariz perfecta. Tenía la quijada un poco hacia adelante, lo que le daba un aire más inocente pues estiraba la boca cada que me veía y medio tartamudeaba. Al principio me burlaba, luego me molestaba y finalmente me amargaba. Me daba lástima, pero me desesperaba tratarlo como a un niño viéndolo tan grandote. Me daba tristeza no haber sido su amiga como lo eran las mellizas; pero desde que empezó a escribirme poemas y a traerme regalitos, dejó de gustarme el asunto.

Las mellizas salieron detrás de mí por supuesto, pero mi tía las agarró por el vestido y logró detenerlas. Una estaba colorada y la otra pálida, quizá de pesar o de susto. Se quedaron calladas y me dijeron adiós con las manos. Generalmente no lloraban, era otro de sus atributos. Dibujaban todo y cuando estaban tristes hacían cosas que a mi parecer eran horribles.

Le pedí a Julián que me acompañara. Desde afuera todo parecía en orden. Abrí la puerta pues sabía que él nunca la aseguraba.

―Hola, ¿hay alguien? Buenas tardes. ¿Simón? ―grité para darme valor. Nadie respondió. Entré dejando la puerta abierta de par en par y mandé a Julián a darle la vuelta a la casa para ver si por alguna ventana se veía algo raro. Cuando llegué a la cocina, abrí la puerta que daba al patio. En ese instante apareció Julián.

―No se ve nada raro, todo está igual que siempre, solo que las florecitas de la ventana de la cocina están marchitas.

Un ruido en el patio, nos sobresaltó, algo se movió entre unas veraneras. Julián corrió hacia adelante.

—Espéreme en la puerta, y no se asuste que ese ruido debe ser de algún pájaro.

Entré al cuarto de Simón, sentí nostalgia y la conciencia seguía culpándome por mala persona y antipática. Moví la cabeza intentando distraer mi bendita conciencia para que me dejara en paz. Me di unos golpes en la sien; ese truquito me funcionaba cuando iba a hacer o había hecho algo que tenía prohibido. Pero el problemita se me bajó a la barriga y sentí un vacío enorme.

Las manos me temblaban. Me imagino que por el susto con el supuesto pájaro o con el muerto. No por muerto, porque en clase de investigación forense había examinado varios cadáveres en la morgue. Pero este era diferente: además de que lo conocía, se había levantado y me había mirado de frente. Pasé mis ojos por el cuarto, no vi nada desordenado. Sabía que Simón era maniático del orden. Su mamá decía que le quedaban muchas cosas de adulto y esa era una de ellas. Me volví a sentir mal. Pero seguí de detective.

―Julián, fíjese si en la mesa donde está el teléfono hay una libreta.

Pasaron unos segundos y oí sus pasos. Por alguna razón se escuchaba cada ruido nítidamente. El viento, entrando por alguna ventana mal cerrada, sonaba como un silbido y las ramas de los árboles como una cascada. Escuchaba incluso las hojas al caer.

―No señorita, no hay nada. Solo el teléfono.

Comprendí que había descubierto algo importante. Estaba segura que él tenía una libreta de teléfonos. Conservaba su agenda vieja y a veces, según decía la mamá, recordaba a alguien, lo llamaba y sostenía conversaciones bastante normales con sus amigos. Todos se alegraban, pero cuando le devolvían la llamada, emocionados con la idea de venir a visitarlo, les respondía un niño que no tenía idea quiénes eran. Después de dos años se acostumbraron a esos lapsus mentales y esperaban ansiosos que algún día les tocara el turno de ser parte de unos minutos, o quizá horas, de lucidez de Simón Cisneros. Era su nombre completo.

 

 

 

 

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