Artículos

Renacer

 

1
Oportunidades

ABRÍ LOS OJOS y me encontré con los de ella. Sentía  que me movían. Me dolía todo el cuerpo, me daba vueltas la cabeza, pero yo me mantuve pegado a sus ojos; tenía sed y la garganta seca. Todos los huesos y músculos de mi cuerpo me dolían.

Paulina tuvo que salir, pues llegaron más enfermeras trayendo carros y tres doctores aparecieron corriendo.

No recuerdo todo lo que me hicieron o en qué orden, solo sé que el dolor era intenso y la cabeza me daba vueltas. Me hicieron muchas preguntas. Al principio estaba algo atolondrado, luego fui adquiriendo conciencia. Me quitaron algunos de los cables. Me sentaron, me hicieron diferentes pruebas. Me revisaron la herida y cambiaron las vendas. Algunos salieron y se quedaron el cirujano y el ortopedista con la enfermera jefe. Dejaron entrar a Paulina y ella llamó a Pérez.

El doctor que se identificó como doctor León, el urólogo que me operó y según comprendí, me salvó no solo la vida, sino también el riñón; me informó que me habían hecho una transfusión de sangre, y cuatro de mis hombres habían sido los donadores. Sonreí agradecido, ya sabía quiénes eran mis cuatro ceros, como los llamaba, pues éramos los O positivo del grupo. Rojas, Marco, Arango y Bernal. El ortopedista me explicó lo de la lesión en la clavícula y las costillas. Su informe me dejó aburrido. Me esperaban semanas de terapia. El fisioterapeuta del comando tendría que estar al tanto del procedimiento a seguir. Concluí que solo había perdido el bazo, veintisiete horas...

—Y veintidós segundos —aclaró Paulina.

El neurocirujano me explicó el porqué de su decisión y terminó dándome las instrucciones a seguir para mi recuperación. Les di las gracias con un discurso torpe y adolorido por la resequedad de la garganta y salieron. Mis hombres entraron, Paulina salió a hablar con el abuelo. Me habíansubido un poco la cama así que podía verlos, aunque no entenderlos porque hablaban al mismo tiempo. Levanté el brazo y lo volví a bajar con una mueca de dolor. Entendí que teníamos cinco muertos, siete detenidos y dos fugitivos que no habían participado en el asalto, pero, y esa si me pareció una buena noticia Silvana, Jacques y Rózales habían sido detenidos en el aeropuerto minutos antes de que escaparan a diferentes países.

Entendí también que mientras yo dormía por dármelas de Héroe, Castillo se había convertido en uno bien despierto, pues interceptó las cámaras de todo el hospital y hasta del quirófano donde me operaron, lo cual los mantuvo a todos entre la angustia y la esperanza, pues los médicos no les dijeron nada durante horas. Castillo, también colaboró con la seguridad del aeropuerto, encontrando los tres líderes, que no habían participado directamente en el robo. La enfermera entró y los obligó a salir unos minutos después. Paulina entró seguida de Bernal y María Paz.

—Buenas noches, mi teniente, que gusto volver a hablarle.

—Gracias, María Paz.

—Jefe, que susto nos dio —se acercó, me dio la mano y me miró a los ojos. Un gesto normal en todos pero vi angustia en su mirada y moví mi cabeza afirmando algo básicamente tácito entre los dos. Él era protagonista en mi vida. Estaba vivo y él era parte de ese milagro. Mi entrenamiento me decía que me había traído en tiempo record al hospital. Nosotros nunca esperábamos que los civiles llegaran con sus ambulancias o aerotransporte por nuestros heridos, usábamos el medio más inmediato y casi siempre éramos nosotros mismos.

—Entonces ¿no tuvimos que invitarlos a comer para que se conocieran? —dije. Se miraron y sonrieron.

—No, solo tuvo que tirarse a matar en ese helicóptero —dijo María Paz, como siempre con su gracia.

Salieron riendo. Miré a Paulina, era la primera vez que estábamos solos desde que desperté.

—Te amo —le dije besándole las manos. Se paró a mi lado. Me besó los ojos y las mejillas—. Perdóname mi amor —seguí diciéndole mientras apretaba sus manos contra mi boca.

—Tenemos que darle gracias a Dios que estás vivo. Estuviste cerca de la muerte, sobre todo por la herida del riñón.

Quise abrazarla pero terminé emitiendo un sonido de dolor que la asustó. Me miró angustiada. La vi coger el botón para llamar la enfermera.

—No la llames, cuéntame primero ¿Qué ha pasado con las mellizas?

Me habían visitado con Carolina y conquistaron a mis hombres con su encanto, o quizá era al revés, pues Andrea, había quedado “enamorada” de Marco y Anie de Castillo. Me mostró un dibujo que me dejaron; un mar muy azul, lleno de peces de colores.

—Me llenó de esperanza cuando lo vi —me dijo y ocultó su cara entre mi cuello. La enfermera entró, ella se alejó un poco y se limpió las lágrimas a la carrera.

—Todos en este hospital estamos pendientes de usted pero ella no lo desampara. Tiene una buena mujer a su lado. Lo felicito.

La miré con ternura, besándole el dorso de la mano.

—Supe escoger ¿verdad?

—Y ella también, detective, los dos están en buenas manos.

—¿Le va a dar algo para el dolor? Está quejándose —le preguntó Paulina.

—Sí. Vayan despidiéndose porque le va a dar sueño.

Se dedicó a hacer cosas a mí alrededor y yo a mirar a Paulina.

Ella empezó a acariciarme el pelo y a darme besos suaves en las mejillas.

—Te amo —alcancé a escuchar que me decía antes de quedarme dormido.

La herida estaba sanando y el cerebro volvió a su estado normal. El analgésico fue siendo espaciado cada vez más y mis hombres seguían entrando y saliendo del hospital como si fuera la casa de ellos. Los dejé tranquilos, igual me agradaba verlos y nos hacían compañía. Se turnaban para cuidarme y Castillo no paraba de trabajar buscando los fugitivos. Rubio, el fisioterapeuta del comando apareció el sábado muy temprano. El hombro debía estar inmovilizado cuatro semanas, antes de empezar, mínimo 30 días de fisioterapia. Quería llegar pronto  a las buenas noticias. Rubio se despidió sin darme ninguna. Alberto llegó. Paulina aprovechó y fue a su apartamento por ropa. Bernal se ofreció a llevarla pues quería saludar de sorpresa a María Paz. Asentí agradecido ante su iniciativa de no dejarla sola. Me imaginaba que eso de los fugitivos los tenía a todos en alerta. Alberto, me sugirió que pasáramos la siguiente semana en San Juan, para concretar los detalles de la boda, por la cual me aclaró que pagaría, al igual que por la luna de miel; sabía perfectamente que Paulina quería ir a las Islas Vírgenes.

—¿En serio? Nunca hemos hablado de ningún lugar.

—¿De qué hablan ustedes, Martínez?

—Solo de amor y bobadas.

Nos reímos

—Ay, Martínez, si la prensa supiera lo embobado que lo tiene mi nieta, pasarían unos buenos días divirtiéndose a costillas suyas.

—No les vaya a decir, Alberto, por favor, las historias del súper héroe me gustan más.

—Usted sí sabe que según dicen le pusieron un brazo y el pecho de titanio.

Me riéndose. Pérez entró.

—Me alegra  verlo riendo, Jefe.

—Ay, Pérez, eso es Alberto que está  divirtiéndose a costillas mías y valga la redundancia, porque me duelen con solo respirar.

Alberto se despidió y Pérez me actualizó en la media hora que nos quedó,  pues empezaron a aparecer de a uno en uno, cada quien con un cuento diferente. Seguían sin noticias sobre el paradero de los fugitivos. Rózales estaba cantando como un canario para evitar que lo extraditaran a Francia, donde tenía una orden de captura por su presunta participación en varios robos y estafas millonarias. Según su declaración, los fugitivos eran los encargados de identificar los lugares ideales para sus robos y conseguirles estadía, carros y otros medios de trasporte.

—Logística — dije. 

—Tremenda organización —dijo.

Me entregó una pistola.

—Es mejor, Jefe, manténgala aquí guardada.

—Está bien, Pérez, esperemos que no la vean porque  me la quitan y Paulina se va a molestar, porque dice que soy un paranoico.

—Desafortunadamente nos toca vivir así y por ahora con mayor razón.

Paulina volvió a las once de la mañana. Se había cambiado y cepillado el pelo. Tenía un vestido gris claro muy suelto, con unas medias gruesas negras que le cubrían las piernas y unas botas que le daban al tobillo.

Traía varios libros y revistas, también mi ropa interior y las sudaderas que tenía en su apartamento. Dos enfermeras entraron detrás de ella. Inesita, la enfermera Jefe, una señora madura y muy simpática dijo:

—Ahora si hay vida en este lugar, vida y belleza de todo tipo —los miró a todos—. Van a tener que salir, le vamos a dar un baño; lo vamos a dejar como nuevo. Ya se lo devolvemos para que le dé un paseo —le dijo a Paulina

Sinceramente lo del baño me animó. Me cambiaron las vendas y me pusieron un pantalón de enfermero.

—Éste es un detalle especial sólo para usted, las sudaderas le molestarían la herida, pero entendemos que va contra su reputación caminar por ahí en esta batica.

Me iba a volver a poner el suero pero le pedí que me dejara así un rato. Me cepillé los dientes y me quedé parado mientras abrían la puerta. Cuando Paulina me vio, sonrió con un brillo especial en los ojos. Caminó y me abrazó.

—Mmm, casi que no puedo volver a abrazarte —y se quedó pegada a mí un rato mientras yo metía mi cara en su pelo.

Caminé apoyado en Marco y con Paulina al lado mientras los dos me contaban sobre la visita de las mellizas. En esas llegaron con sus padres y regresé a la habitación apoyado en Robert. Entre sonreír y dejarme echar cremas con olor a niña que traían las mellizas me olvidé un poco del dolor. Le pedí al doctor que me disminuyera la dosis del analgésico, no quería dormir todo el tiempo. En la noche volví a caminar un rato, Castillo todavía estaba por ahí con Rojas quien conversaba muy contento con una de las enfermeras. Me acompañaron en mi paseo, y aproveché para hablarles.

—Sandoval tiene cuatro hombres por acá, Jefe. Nadie lo desampara —me informó Rojas.

Ya veníamos de vuelta cuando apareció Red con Violeta en silla de ruedas.

Me alegró verla de buen ánimo. Hablamos un rato sobre la suerte de que no hubiera muerto ningún inocente y me acompañaron de vuelta a la habitación. Violeta traía una revista de farándula y nos reímos un rato leyendo y comentando sobre dos páginas que habían publicado sobre el robo, Los Vértigo y la Élite. La foto de una vigilia, que la gente había hecho por mí mientras me operaban, me conmovió.  Red, parecía querer decirme algo, pero no se atrevía. Además, intercambiaba miradas muy intensas con Rojas. No me gustaba para nada, que se involucrara sentimentalmente con uno de mis hombres, no era muy estable en ese departamento y para acabar de completar, Rojas era el más parecido a ella.

—Red, si tiene alguna consulta puede hacérsela a Pérez —le dije. Negó con la cabeza apretando los labios, Rojas me esquivó la mirada.

Entré a la habitación, la enfermera me ayudó a acomodar y ellas se despidieron. Cuatro hombres de Sandoval iban a acompañarme y mientras Castillo se preparaba para salir hablé con  Rojas.

—¿Usted sabe que le preocupa a Red?

Me miró haciéndose el inocente y negando con la cabeza me respondió.

—Ni idea…

—Rojas —lo interrumpí—, yo vi el intercambio de miradas.

—En serio, Jefe. Nada raro pasa, hemos salido varias veces y ella quiere que usted lo sepa. Según sus propias palabras, usted no confía en ella.

Arrugué el ceño.

—¿Y usted sí?

Sonrió, suspiró y subió las cejas, luego soltó la carcajada.  Castillo entró a despedirse, Rojas aprovechó para salirse por la tangente y se ofreció a manejarle para que se tomara su “veneno” como le decía al licor.

—Mañana hablamos, Rojas.

—Está bien, Jefe, duerma tranquilo que todo está bajo control.

Y salió abrazando a Castillo quien lo empujaba apartándolo. Paulina entró y nos pusimos a hablar del viaje a San Juan y el permiso que no creía que le dieran en el trabajo. Una de las enfermeras regresó a darme el analgésico y yo empecé a usar mis dotes de negociador para que me diera unos minutos más. De pronto el ruido de algo metálico cayendo nos sobresaltó. Me levanté y saqué la pistola de debajo de la almohada. Me desconecté la aguja del suero lo más serenamente que pude y le indiqué a Paulina y a la enfermera la puerta del baño para que se escondieran.

—Andrés, ¿qué vas a hacer? Tú estás mal, no salgas por favor —dijo Paulina angustiada.

—Algo está pasando. Quédate aquí.

El ruido se incrementó. Me asomé a la puerta, y vi un rastro de sangre hacia la estación de las enfermeras. Rojas apareció por la puerta de entrada al pabellón y me hizo señas. Uno de los hombres de Sandoval corrió hacia la sala que estaba al otro lado, frente a la puerta de entrada. Dos tiros se escucharon; me hicieron señas de que un hombre estaba escondido dentro de la estación. Otros dos hombres de Sandoval corrieron y más sonidos de balas retumbaron. Caminé sigilosamente hacia el lugar, el tipo estaba acurrucado con la cara hacia ellos y tenía a Inesita agarrada por el cuello.

—¡Hey! —le grité y apenas me miró le disparé. Cayó enseguida.

Rojas corrió hacia mí y los otros daban órdenes comunicándose por los radios. Otros oficiales entraron. Dos de los hombres de Sandoval se encargaron del delincuente. Estaba muerto.

—¿Está bien? —le pregunté a Inesita.

—Sí, gracias —me dijo llorando, con voz temblorosa.

—¿Dónde está Castillo? —le pregunté a Rojas entregándole la pistola.

—Está bien, Jefe, se defendió.

La enfermera que estaba en la habitación apareció con Paulina quien me abrazó temblando. Regresamos a la habitación.

—No me vaya a dar el analgésico todavía, por favor. Necesito saber qué pasó —le dije a la enfermera.

Me miró desconcertada pero asintió. Me volvió a poner el suero.

El doctor León llegó. Paulina estaba tranquila, con lágrimas corriéndole por las mejillas, pero serena. Me apretaba fuerte la mano.

—¿Qué pasó detective? ¿Está bien?

—Estoy bien, doctor, necesito hablar con mis hombres, por favor.

—Está bien, detective. Aquí estoy para asegurarme que todo esté bien con su salud, pero en esto de las balas, el experto es usted.

Salió a la puerta y le hizo señas a Rojas y a Castillo que esperaban afuera.

—¿Está bien, Castillo?

—Sí, Jefe. El tipo me asustó. Venía vestido de enfermero arrastrando un carro con medicinas, nos lo tiró encima, pero Rojas no sé cómo saltó y le dio un puñetazo en la cabeza, yo logré darle una patada, lo malo fue que corrió y alcanzó a entrar a la sala, Suárez le dio en una pierna. La máquina de mis signos vitales hizo ruidos inoportunos.

—Lo siento, detective, ya no puedo darle más tiempo. No me puedo arriesgar a que se le suba la presión intracraneal, tengo que darle el tranquilizante y dormirlo en pocos minutos.

—Yo me siento bien, doctor.

—Por favor, Andrés, haz lo que dice el doctor… por favor —me dijo Paulina ya llorando y con su voz apenas audible.

La miré y le besé la mano.

—Está bien, mi amor, no llores. Rojas, identifiquen al tipo, llame a Pérez. Castillo, búsquelo en todas las bases de datos.

—Sí, Jefe, tranquilo. No se preocupe de nada, duerma tranquilo; seguro que tiene que ver con Los Vértigo. Gracias a Dios, Pérez le dejó esa pistola, sino estaríamos en serios problemas.

—Entiendo que debe ser horrible para usted dormir en estos momentos —dijo el doctor —y sinceramente estoy sorprendido de su habilidad aun en estas circunstancias, pero por hoy ya hizo su trabajo, ahora déjeme hacer el mío —los miró a todos—. Despídanse, por favor, tengo que hacer unas pruebas con mi paciente.

Paulina me dio un beso rápido en los labios y salió.

 

 

 

Miembro Asociada

 

 
 
 
 
Go to top